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Selecciones 12

La Undécima entrega.

Ya expliqué en esta entrada de qué se trata.


Selecciones v12.0

Estamos todos repasados de mentira soportada.
 Macedonio Fernández, colaboración de la Zapaya


El gesto de la muerte

Un joven jardinero persa dice a su príncipe: - Salvame, encontré a la muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro quisiera estar en Ispahan. El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la muerte y le pregunta: - Esta mañana, por qué hiciste a nuestro Jardinero un gesto de amenaza? - No fue un gesto de amenaza- le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan. 
Jean Cocteu, de los Libritos de Isabel, la del tren.

k
No me costó mucho lograrlo, aunque se desgarró en algunos lugares. Era una materia bastante resistente, a pesar de su carencia de espesor, pero mis manos podían romperla. Debajo, encontré una capa exactamente igual que ocupaba el espacio de la que había quitado. Insistí con esta otra capa y pude quitarla limpiamente; la única dificultad era que yo estaba parado encima. Era como quitar una alfombra redonda debajo de los propios pies. Por fortuna, siempre había otra debajo, y no sufrí ninguna caída. Al continuar mi trabajo fui adquiriendo gran facilidad para quitar esas capas inmateriales (por llamar de alguna manera a esa clase de materia sin espesor), que se sucedían unas a otras al parecer hasta el infinito. Las hacía deslizar fuera del círculo con gran habilidad, y allí quedaban flotando, perfectos círculos carentes de circunferencia; tampoco las desgarraba, ya, al quitarlas, y mi rapidez y habilidad aumentaron con la práctica y con cierto truco mental e incluía, por supuesto, los ingredientes de no-esperanza, no-temor y no-ansiedad, y así hasta que en una de las capas encontré a Beatriz.

Novela Geométrica, Mario Levrero

“Adiós”, dijo el moribundo al espejo que tenía delante. “No volveremos a vernos”
 Paul Valery

 Menos de Matilde
Triunvirato y Olazábal. Estoy aquí porque no puedo, él sí. Vendrá a matarme. Disparará certero y mi frente estallará en un borbotón. Nadie en la pizzería atinará a atinar. Se irá tranquilamente como vino, buscando su auto estacionado en Olazábal. Conducirá por Triunvirato hacia el norte mientras piensa: y bueno, eramos él o yo, si nunca tuvo (tuve) huevos, que se (me) joda por boludo. Inmediatamente se reprochará: ¡Qué boludo!, no se cruza un semáforo rojo después de matar a un amigo. Seguramente preferirá dejar el auto y tomar el primer taxi; pero en sentido contrario, como quien dice volviendo al lugar del crimen, Triunvirato hacia Chacarita. Entrará por esa puerta, por la que está entrando ahora, derecho hacia mi mesa. Me preguntará qué escribo. Contestaré, Pavadas, sólo pavadas. (Mi mano izquierda oculta en un bollito esta servilleta de papel) Ahora sí, frente a frente, una vez más, conversaremos sobre cosas nimias o importantes. Menos de Matilde.
 Extraído de "Magoya la jugaba de taquito y cinco cuentos". Santiago Hynes




"Si no hablas, llenaré mi corazón de Tu silencio y lo guardaré conmigo. Y esperaré quieto, como la noche en su desvelo estrellado, hundida pacientemente mi cabeza. Vendrá sin duda la mañana y se desvanecerá la sombra. Y Tu voz se derramará por todo el cielo en arroyos de oro. Y Tus palabras volarán cantando de cada uno de mis nidos. Y Tus melodías estallarán en flores por mis profusas enramadas."
 Rabindranath Tagore, Colaboración de Eugenia Pisano.


...de supermecado”Compre + barato”

 Eduardo comenzó a quedarse leyendo hasta avanzada la noche. Antes Irene había tenido que obligarlo a trabajar, ahora insistía en que se tomase el debido descanso. Pero Eduardo replicaba que nunca había sospechado encontrarse con materiales tan interesantes. En vez de correr las páginas con velocidad y pasar de un cuento a otro para que bajasen las altas pilas, recorría los renglones con el sensorio alerta y pegoteada la concentración. A menudo volvía sobre las páginas y hasta quería memorizar ciertos renglones. Sus ojos empezaron a enrojecer con el perpetuo frote de metáforas, porotos y proezas, las seducciones llenas de calorías y los escenarios futuristas, un lenguaje por momentos callejero que alternaba con frases de ingeniosos sonidos. Le parecía que la mayor parte de los concursantes eran decididamente creativos y que inclusive los que eran mediocres por la forma de narrar, producían imágenes rescatables. En promedio, cada veinte trabajos aparecía uno que sobresalía como el pico del Aconcagua. Eduardo estaba maravillado. Irene le aconsejó apurar el trámite: sólo debía concentrarse en las primeras líneas, después leer en diagonal y nunca detenerse en detalles aunque le pareciesen muy buenos. Esa era la forma en que se evaluaban los cuentos en todo el mundo si se quería cumplir con los plazos. Pero Eduardo no podía escuchar a su sensata mujer. Después de “El repostero distraído”, “La depiladora de Lesbos”, y “Mitología para llevar en pequeños ramos” se volvió tan meticuloso que en lugar de despachar un promedio de diez o quince trabajos diarios al ritmo de dieciséis horas de lectura, sólo llegaba a la mitad. No había alcanzado a revisar quinientos cuando lo llamó el gerente. Con grave y lejana voz le recordó que lo esperaba en su oficina dentro de tres días para proclamar al vencedor del concurso. Eduardo no prestó atención a la palabra “confirmar”, apenas tuvo margen para registrar que el plazo había llegado a su término. Se le desató una taquicardia que no cedió ni en las cortas horas de sueño. Era imposible tener acceso a los muchos cuentos que aún no había leído. Balbuceó que se postergase la fecha límite. El gerente pensó “¡estos escritores! ¡siempre desubicados!” y dijo que no habría postergación alguna, ni siquiera de minutos. La ceremonia en la cual se conferiría el fabuloso premio ya había sido anunciada. Estaban convocados los canales de televisión y el resto de la prensa. Vendrían invitados especiales, entre los que se había incluido el más granado jet set. La desesperación de Eduardo no le hizo ni cosquillas al gerente. Pero lo indujo a recordarle que para un talentoso escritor como él, tres días eran más que suficientes para descubrir al verdadero ganador de dos mil cuentos. Dentro de tres días, sin prórroga alguna –finalizó su advertencia–, un camión recogería los originales que, como un gesto más de cortesía, serán devueltos a sus autores. Eduardo se aflojó como un muñeco de trapo. ¿Qué hacer? Iba a vomitar. Irene le masajeó la nuca. Y le susurró que en tres días también ocurrirían otras cosas buenas: cobrará el importante resto de sus honorarios y habrá terminado este agobio que los mantenía separados hasta en la cama. Pero a Eduardo no le importaba tanto el dinero como terminar de enterarse sobre las maravillosas ocurrencias que habían escrito los participantes del concurso. Su angustia se tornó tan fuerte que empezó a deshidratarlo una diarrea incoercible. A las veinticuatro horas de permanecer casi todo el tiempo sobre el inodoro retorcido de dolor y sin dejar de leer, Irene llamó al médico. Los medicamentos no pudieron aliviar su salvaje ansiedad. Sus intestinos exigían que dejase de leer, pero sus ojos voraces no se despegaban de las carpetas. Cuando parecía a punto de desmayarse, un nuevo título o un nuevo argumento volvía a excitarle la curiosidad: entonces corría al baño con las hojas en la mano, descargaba el maloliente líquido y avanzaba una ristra de nuevos y apasionantes renglones. El médico dijo a Irene que si esta locura no cesaba, tendría que dormirlo con un hipnótico. Eduardo lo escuchó y advirtió que si hacía eso lo perseguiría con un juicio, porque no sólo lo dañaría a él, sino a miles de personas que esperaban su veredicto justo. El veredicto no necesitaba ser tan justo, replicó Irene. –La verdad –contestó Eduardo–, a mí tampoco me parece esencial. Lo que quiero ahora es apropiarme de los buenos cuentos que llegaron como pepitas de oro. A los tres días exactos apareció el inclemente camión e Irene dejó pasar a los estibadores. Los estimuló a trabajar rápido, llenar las cajas con las carpetas que se habían dispersado por el departamento como cucarachas y hasta quitarlas de las manos de su marido. Los hombres se cubrían a cada rato la nariz para evitar el olor a la diarreica mierda que impregnaba hasta el interior de los placares. Procedieron como policías en un allanamiento. Recogieron papeles disimulados en cajones, bajo el sofá, entre los libros, bajo las sábanas. Eduardo se esforzó por esconder algunos bajo la alfombra. Cuando partieron, la casa resonó vacía, casi muerta. Eduardo cayó sobre la cama y se cubrió el rostro para no llorar. Luego tomó varias pastillas de carbón, se afeitó, puso un rollo de papel higiénico en su maletín y fue hacia la oficina del gerente. Tal como esperaba, fue recibido con una amplia sonrisa. Pero Eduardo no sonreía. Lo invitaron a sentarse frente al vasto escritorio y enseguida aparecieron secretarios o guardaespaldas que se ubicaron a su derecha e izquierda. Eduardo estaba mareado y no podía entender qué hacía esa gente. Circulaban bajo su nariz las listas de los trabajos presentados, copias del contrato que había firmado meses antes y el diploma para el triunfador. Este diploma ya tenía escrito el nombre de quien había ganado el concurso y las firmas del gerente, del escribano y sólo faltaba la suya. Eduardo pensó que la deshidratación le produjo un estado confusional. ¿Cómo sabían quién era el ganador? Aún no había mencionado ni siquiera a los mejores. El gerente le explicó que el concurso había tenido un éxito tremendo. No se hablaba de otra cosa, y después de la ceremonia todo el país vibraría entero. Le entregaron una lapicera para que estampase su firma. Eduardo transpiraba, la intensa lectura le había quitado la capacidad de discernimiento. ¿Cómo iba a conferir el premio si no había podido examinar la totalidad de los postulantes? Además, ¿quién era el premiado? No recordaba haber mencionado ningún nombre. El gerente lo miró con pena. Usted vive en las nubes, le dijo, y no entiende que un emprendimiento tan costoso como fue este concurso debido al elevado presupuesto que insumió la publicidad, no puede quedar al arbitrio de un ingenuo escritor, aunque fuese el más brillante de la tierra. Tenía que darse por satisfecho con el honorario que le entregaría en unos minutos y feliz de haber sido jurado de un concurso histórico. Nada más. No le incumbía decidir sobre el triunfador, que era un asunto delicado, íntimamente ligado a los sensibles intereses de la cadena. Ahora sólo debía firmar. Quedó mudo. Después tuvo que toser para que su voz recuperase el tono. Dijo que le parecía un acto inmoral. El gerente sonrió con más dientes que al principio y le hizo saber que la conversación mantenida tres días antes, cuando Eduardo se quejó de que no había podido leer ni la mitad de los trabajos y por eso pedía una prórroga del plazo, había sido grabada. En el contrato figuraba su compromiso de terminar la lectura en dos meses. El juicio que generaría su rebeldía podía llevarlo a la cárcel. Eduardo sintió que su vientre era atravesado por una cimitarra y creyó que allí mismo derramaría un nuevo despeño. Se contuvo, pálido y quebrado. Luego estampó una temblorosa firma. De inmediato el gerente llenó un cheque con caligrafía amplia y sonora. Y susurró: entiendo su malestar, pero debe reconocer que entró en este negocio como una prostituta, y terminó enamorándose. –Bueno –concluyó Eduardo– ¿qué tal ese café que me ofreciste? Serví el café, pero quien ya no pudo hablar fui yo. 
Marcos Aguinis

Hasta la próxima (?)


Selecciones 11

La Décima entrega.

Ya expliqué en esta entrada de qué se trata.



Selecciones v11.0


En suma, la vida es la que mata.

 Macedonio Fernández, colaboración del la Zapaya

Mujeres 2.0

Amo a las mujeres porque sus almas son poesía, sus cuerpos son esculturas y sus voces música.
Además se ponen pintura y te hacen teatro.
Y lo más importante ¡Se cruzan de piernas!
Dos por tres se les ve el centro cultural.
El vendedor de tortas de Plaza Italia

i


Durante mi primera permanencia en ese círculo obtuve cierta información, que no puedo decir si provenía del propio e círculo o si era el producto de inconscientes meditaciones mías. De cualquier manera, la información llegó con la precisión y la fuerza necesarias para darme el coraje de realizar el experimento que ella me sugería. A mi anterior comprobación de que desechando las esperanzas podía reducir considerablemente la
distancia que me separaba de los objetos, se sumó la intuición -la certeza- de que logrando cierto estado de ánimo, cierta actitud que incluía algo así como perder los puntos de referencia, podía trasladarme con un mínimo de esfuerzo exactamente al lugar que deseara. Era como lanzarse al vacío desde el vacío; sólo bastaba fijar, antes, en la mente, sin ansiedad y sin es zas, el lugar al cual deseaba acceder; luego, borrarlo todo y saltar.
Así, pensé en un dodecágono que había visto ya no recordaba dónde, y luego, olvidando el círculo y el mismo dodecágono, salté con los ojos cerrados en cualquier dirección: entonces me encontré parado exactamente en el dodecágono deseado. Practiqué muchas veces esta especie de juego, que tenía su lado divertido, hasta obtener la seguridad absoluta de su funcionamiento. Visité muchas figuras ya transitadas, regresé muchas veces al círculo, y luego experimenté saltar hacia figuras desconocidas, que dibujaba prolijamente, en mi imaginación. También así funcionaba el sistema.
Esto me dio coraje para intentar un salto hacia el parque verde, junto a Beatriz. Imaginé el lugar, y la figura de Beatriz; borré todo eso de mi mente, y salté. El vértice de un triángulo cercano me atravesó el hombro produciéndome un tremendo dolor y un leve desmayo. Perdía sangre abundamentente y estaba muy asustado. Sin embargo, conseguí utilizar otra vez el sistema para regresar al círculo y allí, tras un breve reposo, la herida cicatrizó rápidamente y el dolor cesó. El sistema no servía para acceder a lugares tridimensionales. Me que debía hacerme a la idea de no poder abandonar jamás ese lugar geométrico, esa soledad eterna, esa uniformidad que ya comenzaba a hacerme desear la muerte.

Novela Geométrica, Mario Levrero


+ sueños 2.0

Estoy durmiendo en una especie de celda. Cuatro paredes bien desnudas. La luna cuela sus rayos por el ventanillo. Como no dispongo ni de un mísero jergón me veo obligado a acostarme en el suelo. Debo confesar que siento bastante frío. No es invierno todavía, pero yo estoy desnudo y a esta altura del año la temperatura baja mucho por la madrugada.
De pronto alguien me saca de mi sueño. Medio dormido todavía veo parado frente a mí un hombre que, como yo, también está desnudo. Me mira con ojos feroces. Veo en su mirada que me tiene por enemigo mortal.
-¿Ha perdido algo? - le pregunto.
-Busco un arma con que matarte.
-¿Matarme... ?- y la voz se me hiela en la garganta.
-Sí, me gustaría matarte. He entrado aquí por casualidad. Pero no tengo armas ¿viste?
-Con las manos- le digo a pesar de mí, y miro con terror sus manos de hierro.
-No puedo matarte, sino con un arma.
-Ya ves que no hay ninguna en esta celda.
-Salvás la vida- me dice con una risita protectora.
-También el sueño- le contesto y empiezo a roncar plácidamente.
Una desnudez salvadora, Virgilio Piñera


Perdido y encontrado

Encontré un pájaro acuático muerto en medio del estacionamiento. No había coches. El pájaro estaba en perfectas condiciones. Desmayado y sin huellas de sangre. Me lo llevé a casa y lo metí en la heladera. Al día siguiente mi papá y yo lo llevamos por las casas de la vecindad preguntando a la gente si habían visto alguna vez a un pájaro como ése. Nadie lo recordaba. Se lo llevamos al taximerdista y tampoco supo decirnos que clase de pájaro era, aunque todos estábamos de acuerdo en que tenía que ser un pájaro acuático porque tenía los pies con membranas interdáctilares. El taximerdista tenía le teoría de que el pájaro debía de estar volando por encima del estacionamiento y confundió los reflejos del pavimento por un lago. Suponía que el pájaro se estrelló contra el asfalto y se rompió el cogote. A mí me pareció tan desaforada esa teoría que durante varios días no dejé de pensar en ella. Me ponía en el lugar del pájaro, volando por encima del estacionamiento, haciendo una travesía en busca de un lago ¿por qué un pájaro así se encontraba, para empezar, tan lejos de los lugares en donde hay lagos? ¿cómo podría perderse un pájaro?

Sam Shepard 30/1/80, Homestead Valley, CA




A partir de cierto punto no hay retorno posible. Ése es el punto al que hay que llegar.
Franz Kafka



La tragedia de ir a ver Titanic

El otro día fui a ver Titanic. No la pude ver. Entré al cine y todo, pero la gente estaba muy exaltada. Hizo furor, esa película, y no sé, en la sala había mucha gente que gritaba, y no se aguantaba la ansiedad, y es raro, porque es una película que aunque no la haya visto, todo el mundo sabe cómo termina, pero igual, en el cine había una barahúnda impresionante y yo empecé a pedirle a alguna gente que no gritara, y una mujer me dijo "¡shhh!" y otro tipo desde atrás gritó "¡Basta, cállense!" y otro le contestó "¿Se puede saber por qué no se calla?". Y yo le dije "¡shhh!" y alguien desde algún lado me gritó "¡silencio!", y una mujer le dijo "pide silencio y está gritando", y yo le dije a la mujer "shhhhhhhhhhh" y otro tipo desde adelante me dijo "cállese, parece una gallina" y el que estaba al lado le dijo que se callara la boca y otro tipo le dijo a ése "y usté por qué no predica con el ejemplo". Y una mujer con voz angustiosa preguntó "¿se pueden callar, por favor?", y su vecino de asiento enseguida le dijo "¡shhht!" y ella le preguntó "shhht qué" y él le dijo "que se calle" y ella le preguntó "¿yo me tengo que callar? ¿y usté no?. "Se callan los dos" dijo otro tipo. "Perdón: los tres", dijo otro que también se metió. Y otro más dijo "sigan, sigan hablando, nomás; total...". "¡No me dejan escuchar!", dijo otro. "usté tampoco a mí", le contestó una mujer. "La conversación no llegó al baño para que salten los soretes", dijo otra. Y el compañero de la primera mujer la salió a defender y fue adonde estaba la otra porque la quería insultar, pero entonces la reconoció y le dijo "¡Olga! ¡Qué hacés acá!" y ella le dijo "¡vos, qué hacés acá, que me dijiste que hoy tenías horas extras en el trabajo, ¿y quién es ésa que está ahí contigo?!". Y otra tipa desde otro asiento dijo "¡terminen con esa telenovela estúpida! ¡yo vine a ver la película!". "Entonces, si viniste a ver la película, por qué no te callás", le contestó otra voz. "¡Termínenla de una vez!", dijo otro tipo, y empezó a grito pelado a llamar al acomodador. Otro le dijo "callate, ¿no ves que con esos gritos no dejás escuchar nada?", y el otro le contestó "estoy llamando al portero para que haga callar a la gente como vos". "Si viene el portero, le voy a pedir que los eche a los dos", dijo una mujer. "¡Chitón!", gritó otro tipo. "¿Chitón?", preguntó otro, "qué te creés que viniste a ver, ¿George de la Selva?". "¡Basta, ¿no ven que si siguen así van a suspender la función?!", gritó otra mujer. "Yo pagué mi entrada", dijo un tipo, "no pueden suspender la función". "¡Que nos devuelvan la plata!", gritó otro tipo. Y una tipa le dijo "le van a devolver la plata sólo a los que se portaron bien. A los que molestaban, como usté, no les van a dar nada". "Y a vos te van a cobrar multa por hablar", le contestó él. "Y a vos te van a sacar de culo", dijo otra voz por ahí. "Vení a decírmelo acá", gritó el otro. "¿Por qué no se van a pelear afuera y nos dejan a nosotros mirar la película en paz?", protestó otro. "Vos metete en lo tuyo", le contestaron. Y otro dijo "si todos se callaran, estaríamos disfrutando de un excelente espectáculo". A éste otro le contestó "si se hubiera abstenido de decir esa boludez, usté habría hecho una contribución importante al silencio de la sala". Y otro le preguntó "¿por qué no mira la viga que hay en su ojo en vez de mirar la paja en el ojo ajeno?". "¡Callate, pajero!", le gritaron a éste. Y así siguió la cosa todo el tiempo que duró la película. Cuando terminó, me fui a casa frustrado pero prendí la tele y por suerte recién empezaba -y lo pude ver entero- mi programa preferido: El Crucero del Amor.

Leo Masliah, colaboración de Maia



Aplausos


De los tres aplausos que hay: el de llamar al mozo, el de espantar gallinas de un jardín de cazar una
polilla al vuelo, ¿cuál será para esta novela?

Macedonio Fernández, Una novela que comienza..

GUARNING!!! No es colaboración de la Zapaya







Caen sobre mì, las cadenas...

Eduardo tiró su saco en el sofá, soltó un suspiro y dijo que iba contarme una historia impresionante. A su mirada la cruzaba un inquieto resplandor. Cuando le ofrecí café, me detuvo con gesto imperioso.
Más tarde –dijo–. Ahora sentate y escuchá.
Se desabrochó el cuello y acomodó en la silla. Le salieron palabras inconexas que tapó con su mano. Los ojos se habían vuelto pequeños y empañados. Inspiró hondo y preguntó si alguna vez había sido jurado en un concurso de cuentos.
La pregunta me sonó descabellada en ese instante, una suerte de excusa para demorar el tema que realmente lo afligía.
Sí, varias veces –respondí–. ¿Por qué?
Porque lo que le había pasado a él –agregó–, nunca antes había sucedido en ningún otro concurso desde el año cero. Su error había sido (quizás por vanidad, quizás por dinero) aceptar el trabajo y después encontrarse envuelto en un maremoto.
Ese era el tema, entonces. Pero me costaba entenderle. Pronto, sin embargo, soltaría el cristalino chorro que trizaría mi confusión. Ese chorro me dejaría pasmado.
Mi amigo insistió que no exageraba, que enseguida comprendería la causa de su desasosiego. Era un escritor meticuloso y obsesivo que había logrado cierta reputación con dos novelas y cuatro colecciones de cuentos. Era demasiado exigente con su estilo y, muy a pesar de su editor, implacable en las correcciones de último momento. Mientras revisaba uno de sus libros en busca de errores se afectó tanto su visión que estuvo forzado de consultar tres oculistas en un mismo mes.
Por fin Eduardo me relató que lo habían visitado para ofrecerle una notable suma de dinero como jurado de un concurso de cuentos. Le pareció un sueño desopilante. El patrocinador era una nueva cadena de supermercados. La insólita propuesta, sin embargo, le generó ambivalencia, porque no estaba mal que los poderosos estimulasen la creación artística, y tampoco estaba mal que él recibiese un suntuoso cheque; pero le producía malestar que se explotase la literatura para atraer clientela. Era un poco... ¿cómo decirlo? –frotó los dedos– “degradante”.
Lo interrumpí para comentarle que recordaba los carteles que llenaron la ciudad anunciando ese concurso.Su cabeza asintió con mejor humor: lo aliviaba recibir el apoyo de mi memoria. Lo que me estaba contando no era invento. Más aún, aquella propuesta le generó una turbulencia de contradicciones: asociar supermercados con escritura creativa, un antiguo género literario con alimentos en serie, fantasía con salchichas, le sonaba disonante, muy disonante. Pero también se dijo que era de necios estar disgustado: una franja de la misma literatura es ahora producto industrial y los cuentos y novelas se venden en los supermercados junto a calzoncillos, jabones, pan o fiambre.
Se dio golpecitos en la cabeza y repitió que era él quien había quedado atrás en el tiempo.
Para no dilatar la historia, Eduardo pasó al día en que aceptó el contrato. El poderoso gerente, sentado tras un escritorio vasto como una pista de aterrizaje, se dio categoría de entendido en artes. Luego calculó un jugoso adelanto, que le tendió con una sonrisa llena de dientes. Eduardo leyó la cifra y deslizó el cheque a su excitado bolsillo. Sentía placer y vergüenza al mismo tiempo. Era evidente que había aceptado esa tarea por dinero exclusivamente, y que sólo le interesaba el dinero; en el fondo de su corazón anhelaba que el bastardeado concurso terminase pronto y pudiera olvidarlo cuanto antes. Porque, además del dinero, había también algo que producía espanto: entre las condiciones que fijaba el reglamento se estipulaba un único, inevitable y ridículo tema: “El Supermercado en el Mundo de Hoy”. ¿Quién podía escribir algo medianamente meritorio sobre tan pedestre asunto? La inspiración era castrada con un golpe de sable desde el vamos. A lo sumo se podía redactar un hipócrita panegírico, una oda escolar, un ensayo bruto. Pero, ¿un cuento? No, jamás. Sin embargo, ocurría que al gerente y a sus superiores lo único que les importaba era vender productos, llenar las góndolas de enceguecidos compradores y hacer sonar las cajas registradoras con un ritmo de galope. Por sus crematísticos cerebros no cruzaba la idea de que a mucha gente le gustaría escribir sobre temas que no incluyesen pepinos, latas de arvejas y rollos de papel higiénico. Por el contrario, ellos estaban seguros de que lloverían los participantes gracias a la intensa publicidad que se daría al concurso y la suma de dinero que se llevaría el ganador. Hasta podían surgir genios –dijo el gerente– “que convirtiesen el supermercado en un subgénero de la gran literatura”. ¿Por qué no? ¿Acaso la literatura no escarbó en las glorias y las miserias, en la opulencia y la orfandad, en la guerra, en el sexo, en el hambre, en la saciedad? Era hora de hacerlo sobre las nuevas formas de comercialización.
Eduardo lo miró aterrorizado. Al cabo de dos meses ya había gastado la mayor parte del anticipo. No obstante, le satisfacía advertir que no llegaban trabajos. Le quedaba la esperanza de que el concurso fuese declarado desierto, le pagasen el resto de sus honorarios y toda esta complicación se convirtiese en polvo. Pero entonces apareció un su domicilio una caja de cartón, hinchada y vibrante, como si contuviese animales vivos. Albergaba veintiocho cuentos precedidos por un amable mensaje del gerente de relaciones públicas. Quedó atónito, porque veintiocho cuentos sobre un tema tan idiota le parecía una epopeya que merecía incluirse en el libro Guinness de los hechos extraordinarios. Seguro que eran páginas llenas de basura ansiosa por ganar dinero, de tan mala conciencia como fue la suya al firmar el contrato.
Sacó las carpetas, unas de tapas duras y otras blandas, unas más gruesas y otras más brillantes. Le sorprendieron algunos títulos: “Panqueques y miel”, “Un paseo en colores”, “La felicidad de los carritos”, “Dieta mágica de los aficionados al supermercado”, “Góndolas de ensueño”, “Deseo erótico en lata”. Su primera reacción fue cerrar esa caja de Pandora por varios minutos para impedir que su pestífero interior saliese convertido en el genio del mal. Después rompió el mensaje del gerente en pequeños trozos y los arrojó enojado al tacho de basura. Se sentía vencido. No sólo ya había candidatos al premio, dispuestos a estrujar su imaginación con las banalidades del supermercado, sino títulos con gancho. Era increíble. Se devanó el cerebro para encontrar la fórmula que le permitiese romper el contrato sin tener que reintegrar el anticipo. Definitivamente, se negaba a enterarse de lo que estaba escrito en esas malditas carpetas. Aunque exhibían títulos ingeniosos, seguro que las llenaba mondongo podrido u otras emanaciones igualmente mortales.
Después de una semana, ojeroso y tenso, abrió de nuevo la caja. Aparecieron más nombres curiosos, algunos provocativos: “Jesús se va de compras”, “El supermercado extraterrestre”, “Aventuras de un hombre enlatado al vacío”, “El bebé de los depósitos”, “La virulana de un senador”.
Por fin, cerrando los ojos, eligió un cuento al azar: “La victoria de Samotracia”. Se sintió aliviado, sólo un poco, pero aliviado de veras. Porque esas palabras le generaron asociaciones históricas, referencias al arte, alejamiento de la vulgaridad. Quizá fuese el único trabajo verdaderamente meritorio.
¡Pero Eduardo, qué pedazo de imbécil sos!” se gritó a sí mismo enseguida. ¿Qué relación podía existir entre la victoria alada y un supermercado? ¿Qué podía vincular fogonazos de la civilización helénica con ramplonerías de nuestros ignorantes mercaderes? Era evidente que el título era una simple y desvergonzada trampa, una redonda mentira. O, pensó después, un ardid de primera. Debió haberla escrito alguien talentoso, capaz de inventar puentes inéditos. A lo mejor era posible que la Victoria de Samotracia resonara de alguna forma en la mediocridad de nuestra época.
Depositó la carpeta sobre sus rodillas y se rascó el pelo. ¿No habrá sido él quien se retrajo a una posición demasiado reaccionaria? ¿Por qué se negaba a reconocer los cambios que aparecían en la sociedad? Los supermercados no eran únicamente el negocio de sus propietarios, sino el trabajo de sus empleados y el sitio adonde concurren millares de personas para aprovisionarse o distraerse. ¿Por qué no valorar como material literario legítimo a las experiencias y las fantasías inspiradas en quienes llenan o vacían estantes, recorren góndolas relucientes, cargan carritos y eligen luminosos envoltorios?
En ese momento –reconoció Eduardo– se empezó a distender. Metió sus manos de nuevo en las vísceras de la caja y sacó otras palpitantes carpetas: “El supermercado del infierno”, “Libreta de almacenero para viajar a otra galaxia”, “Amor entre chocolates”, “La cajera prodigiosa”, “Asesinos en vino blanco”.
¿Te das cuenta? –me dijo–. Había audacia, vuelo creador. Yo era el jurado, pero los participantes del concurso demostraban que eran más libres y más innovadores de lo que yo mismo hubiera podido imaginar.
Eduardo contó que su nivel de asombro trepó al cenit cuando recibió una segunda caja con otros treinta y seis cuentos. Su mujer, Irene, que lo acompañaba con firme cariño en esta difícil situación, trató de consolarlo. Ambos reconocían que el gerente no se había equivocado y que la buena publicidad, el tentador premio y el vulgar tema se anudaron de una forma impresionantemente magnética. En la segunda caja llegó otro mensaje del gerente, en el que advertía que pronto le serían enviados a Eduardo el resto de las decenas de cajas.
¡¿Cómo?! ¿Decenas de cajas? ¿Centenares de cuentos? ¿Todos ellos inspirados en esa mierda de tema que era el supermercado? No, no, eso era algo que lo excedía. Veintiocho cuentos, vaya y pase. Treinta y seis adicionales aún se podían aceptar. Pero... centenares, le harían explotar el cráneo.
Luego del cierre de la fecha establecida para la recepción de trabajos, al domicilio de Eduardo arribaron sesenta y cinco agresivas cajas con un promedio de treinta carpetas cada una, que totalizaban alrededor de dos mil cuentos.
¡Es un abuso! pataleó desesperado. Y así se lo dijo al gerente de relaciones públicas. Pero el gerente, tras escucharlo con mansedumbre, replicó feliz: ¡Es un éxito colosal! ¡Ni en nuestros cálculos más optimistas sospechábamos que participaría tanta gente!
En la cabeza de Eduardo comenzaron a revolotear más títulos: “Chupetín terrorista”, “El hambre sexual de un joven repartidor”, “Traficantes de huevos”, “El yogurt de la muerte”. Hizo gárgaras con insultos y los escupió en el inodoro a la cara del gerente de relaciones públicas que aparecía con miles de dientes en el fondo oscuro. Ese hombre era la criatura más despreciable y cínica del planeta, que lo había atrapado con dinero y lo haría trabajar como esclavo de cloacas. La montaña de escoria que sus ojos y su sangre debían absorber lo terminará envenenado.
Irene le habló con dulzura e hizo reconocer que los títulos prometían momentos rescatables. Lo convenció de empezar a leer y clasificar. A Eduardo le llevó unos días adicionales decidirse, hasta que por fin se inclinó sobre la indeseable tarea.
Mientras leía, Irene colaboraba en mantener ordenadas las amenazantes cajas y carpetas. Eran invitados intrépidos que tomaban posesión de la sala, el dormitorio, los pasillos y hasta porciones del baño y la cocina. Latían con pulso extraño y hasta parecían desplazarse de un lugar a otro mediante invisibles ruedas. Pronto comenzaron a apropiarse también de sillas, mesitas y hasta intentaron subirse a la cama. Irene no se cansaba de volverlos a sus sitios, pero llegó un momento en que desalojaba el dormitorio, el baño y la cocina concentrándolos en la sala y los pasillos, para reconocer asustada que su esfuerzo resultaba estéril porque habían regresado, incluso a su lecho. Pese a que simulaba calma frente a su marido, también quería que esa etapa acabase cuanto antes.
Al terminar cada cuento Eduardo miraba cuántos faltaban aún y se quejaba de que nunca podría llegar a leer dos mil en el plazo de dos meses que le había fijado ese gerente hijo de puta. Pero siguió adelante, como un buey bajo el yugo. Le pareció de fresco ingenio “Una joya en la remolacha”. Se rió –por fin se rió– con “Romance veloz en el depósito oscuro”. “Sacarina en zanahorias” le pareció conmovedor.

(Continua en la próxima entrega)



Selecciones 10

La Octava entrega.

Ya expliqué en esta entrada de qué se trata.




Selecciones v10.0


No me alcanzará el tiempo para ser eterno
Macedonio Fernández, colaboración de la Zapaya



Riego
las pestañas de tus riesgos
que limpian
las teñidas de tus voces
que odian mi contestador
que espera
tu herida que no hiere
que lastima por no herir


Juan Ja Cinto



APRENDAN GEOMETRÍA


Henry miró el reloj, a las dos de la mañana cerró el libro desesperado. Seguramente lo suspenderían al día siguiente. Cuanto más estudiaba geometría, menos la comprendía. Había fracasado ya dos veces. Con seguridad lo echarían de la Universidad.
Sólo un milagro podía salvarlo. Se enderezó. ¿Un milagro? ¿Por qué no? Siempre se había interesado por la magia. Tenía libros. Había encontrado instrucciones muy sencillas para
llamar a los demonios y someterlos a su voluntad. Nunca había probado. Y aquel era el momento o nunca.
Tomó de la estantería su mejor obra de magia negra. Era sencillo. Algunas fórmulas. Ponerse a cubierto en un pentágono. Llega el demonio, no puede hacernos nada y se obtiene lo que se desea.
—¡El triunfo es vuestro!
Despejó el piso retirando los muebles contra las paredes. Luego dibujó en el suelo, con tiza, el pentágono protector. Por fin pronunció los encantamientos.
El demonio era verdaderamente horrible, pero Henry se armó de coraje.
Siempre he sido un inútil en geometría - comenzó...
¡A quién se lo dices! - replicó el demonio, riendo burlonamente.
Y cruzó, para devorarse a Henry, las líneas del hexágono que aquel idiota había dibujado en vez del pentágono.

Fredric Brown, Colaboración de JLFA




Lo que tiene nuestro destino de nuestro y de distinto es lo que teine de parecido con nuestro propio recuerdo.
Eduardo Mallea



Vocación
En el bar los parroquianos se quejan de su mala suerte. Sueldos rebajados, negocios que se pinchan, las cuentas que llegan como puñaladas de loco, la plata que se esfuma, despidos o amenazas de despidos en los trabajos. Están con la autoestima por el piso. Y al tener la autoestima por el piso, les bajaron las defensas y se ligan cuanta peste anda dando vueltas. Probaron de todo para recuperar la energía y ponerle el pecho a la mala suerte: gemoterapia, aromoterapia, pirámides, curación por metales, armonización bioenergizante, reiki, imposición de manos, musicoterapia, meditación trascendental, canto gregoriano. Nada funciona.
Amigos, abandonen esa parafernalia de baratijas. Yo también pasé por un largo período de yeta. Hasta que un día pisé la pelota, hice una pausa y me dediqué a pensar. Siempre fui gran lector de todo lo relacionado con las ciencias ocultas. Mi período favorito es el Medioevo. Me dije: acá la única solución es la hechicería. ¿Y quiénes son las depositarias del don de la hechicería? Respuesta obvia: las chicas. Tenía cuatro paveando en mi casa: mi esposa, mis dos hijas y mi suegra. Ahí estaban perdiendo el tiempo sin saber del tesoro que encerraban en sí mismas, desaprovechando su talento natural que se remonta a la noche de los tiempos. Así que una mañana, antes de irme a trabajar, dejé un libro sobre el microondas. Después dejé otro. La primera señal la tuve a las tres semanas. Volví a casa y Napoleón, nuestro gato, que tenía el pelo gris, se había convertido en un gato negro. Lo primero que se me ocurrió fue que había andado revolcándose en la leñera de la parrilla donde guardo el carbón. Pero el color era firme. La segunda señal fue una noche que me levanté en la oscuridad para ir a la cocina a tomar un vaso de agua y el living estaba lleno de ectoplasmas fosforescentes. Me impresionaron un poco y en las noches siguientes golpeaba las manos o me ponía a silbar para avisar que iba a pasar. Al final me habitué e intimamos. Yo soy bastante distraído, dos por tres pierdo las llaves. Ahora, cada vez que no las encuentro, aparece un monje sin cabeza de lo más amable y me las alcanza. Es más, cualquier objeto que pierda, el decapitado me lo trae. Una de las cosas a las que me costó un poco acostumbrarme es al potaje de uñas de murciélago, lengua de sapo, diente de dragón, pata de tarántula y hojas de mandrágora, todo pasado por la procesadora. Pero lo que importa son los resultados. Nunca más un resfrío, un mísero dolor de cabeza, tengo el estado físico, el espíritu y el optimismo de un pibe de veinte años. En cuanto a las chicas, también están bárbaras, lindas, vitales, felices de ser útiles. Descubrieron su vocación y se sienten realizadas. Y ahora paso a la parte económica. Primero, estamos ahorrando plata porque eliminamos el gas y la luz, las chicas cocinan con fuego fatuo y hay tal cantidad de ectoplasmas que de noche la casa está iluminada a giorno. En cuanto a mi negocio de repuestos para automotores, era una lágrima, no entraba nadie, ahora no doy abasto. Los inspectores me extorsionaban todo el tiempo, ahora pasan y es como si la puerta se hubiese vuelto invisible, siguen de largo. Ya me ocurrió varias veces que voy a pagarle una factura a un proveedor y me entrega una nota de crédito: “Hubo un error en su cuenta, señor, tiene saldo a su favor”. Resumiendo, no le den más vueltas al tema y aprovechen el potencial que tienen en su casa, o sea las chicas. Tírenles una punta y ellas solitas encontrarán el camino. Así que, amigos, saquen papel y lápiz que les voy a dictar los títulos de los libros con los que hay que empezar para derrotar a la mala suerte.
Maestro –le digo–, además de los indudables beneficios personales, yo tengo una lista de sinvergüenzas a los que me gustaría mandarles un lindo maleficio y dejarlos petrificados para siempre. Pero soy soltero. ¿Podré hacer las cosas por mi cuenta?
Ni lo intente, olvídese, por las suyas no va a conseguir nada. Sea práctico, búsquese una linda chica y cásese sin perder un solo minuto más.
Antonio Dal Masetto


h

A determinado nivel, cuando ya había perdido de vista el plano horizontal vasto por el cual me movía al comienzo, me encontré frente a un círculo completo y perfecto que me atrajo vivamente. Yo estaba parado sobre un rombo bastante amplio y seguro, a pocos metros de distancia, pero no había entre el rombo y el círculo ninguna figura que me llevara directamente hasta allí, y tuve que dar un rodeo muy largo, culpa del cual casi pierdo de vista el círculo a pesar de que, a esa altura, las figuras no eran ya tan abundantes como allá abajo; pero, de pronto, el plano del círculo quedaba de perfil, y se hacía invisible para mi; o se interponían otras figuras.
El círculo estaba inscripto en un plano casi vertical, aunque yo había perdido referencias objetivas de horizontalidad y verticalidad. Me refiero a cómo lo veía desde el rombo cuando lo descubrí. Ya, por ese entonces, había descubierto los cambios que se producían en la gravedad, de acuerdo con mis desplazamientos. Si saltaba a un plano inclinado, desde uno horizontal, lentamente ese plano pasaba a ser, para mí, horizontal. Estoy seguro de haber estado, más de una vez, desde un punto de vista objetivo, totalmente cabeza abajo; sin embargo, mi posición, desde mi propio punto de vista, era siempre vertical.
Así, cuando estuve cerca del círculo, salté hasta él desde un hexágono, transformándolo entonces en un círculo inscripto sobre un plano horizontal. Sin saber por qué me sentí como habiendo llegado a una meta, o por lo menos a un mojón importante en mi camino hacia lo desconocido. Decidí estacionarme allí, por simpatía, para reponer fuerzas y con la vaga sensación de que algo debía suceder.


Novela Geométrica, Mario Levrero

Shows de la real nada


Estuve mirando el programa británico Gran hermano 2, que consiguió la dudosa hazaña de ocupar la primera plana de los diarios sensacionalistas durante las últimas jornadas de una campaña electoral. Según la sabiduría popular, esto se debe a que el programa es más interesante que las elecciones.
Salman Rushdie




Es la memoria un gran don,
cálida muy meritoria
Y aquellos que en esta historia
Sospechen que les doy palo
Sepan olvidar lo malo
También es tener memoria.

Mas naides se crea ofendido,
Pues ninguno incomodo
Y si canto de este modo
Por encontrarlo oportuno
No es para mal de ninguno
sino para bien de todos
(a este lo conocemos todos)




En los cementerios del mundo entero, los seres humanos recientemente fallecidos seguían pudriéndose en sus tumbas, transformándose poco a poco en esqueletos.
Michel Houellebecq


Libros

Entonces pasa que los libros rebasan las ciudades y entran en los campos, van aplastand los trigales y los campos de girasol, apenas si la dirección de vialidad consigue que las rutas queden despejadas entre dos altísimas paredes de libros.
Julio Cortázar, fin del mundo del fin

Everybody knows fix

Todos saben que la pelea está arreglada: el pobre sigue pobre y el rico se hace rico, así es como va.

Leonard Cohen

Araña


muchas veces
mi cabeza queda colgando
como una araña en su tela
sabe que no caerá
porque el hilo de sus pensamientos
la sostiene

el espacio de su red es cada vez mayor
la casa llena de polvo
esconde la luz
nadie se acerca
un desorden propicio
reina

y mi cabeza se balancea en el aire

Maria Clara Salas



Tercera Fundación (dedicado a Asimov, que la mira por internet, ole, olé olé)

Esta ciudad fundada sobre las lomas de las mejores tierras.
Construida a imagen y semejanza del aire puro y de la gente nueva.
La habitan, la viven todavía, empleados, obreros, estudiantes.
Familias en los barrios que reviven las fiestas parroquiales y que a pesar del smog y del desempleo,
a pesar del tránsito ruidoso y enredado y ligero
baldean el frente, el de sus casas.
Se saludan
En las esquina se encuentran vecinos con amigos.
Se respetan
Salen a caminar por sus veredas como si fuera para siempre en el comunitario y único sentido que sabe andar el que es de aquí
De este lugar
patense
mano y contramano


Ricardo Ibarlín



Humildemente me esforzaré en amar,

en decir la verdad,
en ser honrado y puro,
en no poseer nada que no sea necesario,
en ganarme la vida con el trabajo,
en vigilar lo que como y lo que bebo,
en no tener jamás miedo,
en respetar las creencias de los demás,
en buscar siempre lo mejor para los demás,
en ser un hermano para todos mis hermanos.

Mahatma Gandhi, colaboración de C. B.

Chantal sueña...

Chantal tiene un asunto con una frase. Una de esas cosas que pasan, un encuentro casual que se convirtió en algo importante para ambos.
Tienen los mismos gustos. Ella la lleva a una fiesta. Tuvieron éxito. La pareja perfecta.
Todo el mundo sabe lo suyo con la frase.
La frase se pasó todo el año pasado en checoslovaco por razones políticas.
Pero hace poco ha sido traducida.
Para evitar que la frase sea deportada, Chantal ha conseguido que sea leída en la Biblioteca del Congreso. Pero...
...cuando llega la hora descubre que ya no sabe leer.
No tiene ni idea de que dice la frase.
Abatida y triste, Chantal empieza a llorar.

Neil Gaiman, de “Sandman – Casa de muñecas”
Neil Gaiman, colaboración de sotelo
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